sábado, 18 de enero de 2014

No tenía de que escribir

Quisiera iniciar este relato de otra manera pero ya que no se me ocurre otra forma lo iniciare así:

Erase una vez, un chico, con la imaginación, el corazón y la percepción de un niño pero con pensamiento de un anciano; solía sonreír por cualquier motivo y veía el lado positivo de cualquier situación.

Una tarde, ese chico perdió toda emoción, a tal punto que era incapaz de fingir una sonrisa. Busco un lugar alto cerca de él, lo suficiente como para morir y se coloco a un paso del vacío. Ese chico se quedo quieto en ese lugar por algunos minutos sin moverse y luego… se voltio  y se retiro por donde llego.


Tiempo después me encontré con él y me contó esta historia, le pregunte solo una cosa “¿Por qué no saltaste?” a lo cual respondió después de un momento de silencio con un “Sí salte, solo que no con mi cuerpo, la persona que conoces no es la misma que alguna vez fui”.



Trate con ese sujeto durante varios años y aunque a la mayor parte del tiempo sonreí, siempre mantiene la calma, incluso cuando parece que la había perdido podía calmarse en unos segados. Esa siempre fue una característica que me llamaba mucho la atención de él y que él atribuye a esa experiencia al borde del vacío.

Con el tiempo he conocido a varias personas que sí han saltado al vació, con todo y cuerpo, y otros que no han necesitado del vacío para llegar al mismo final; pero aquellos que han decidido no hacerlo suelen tomarse la vida con tanta calma que a veces me impacientan.

Si conoces algún método con el cual se pueda obtener un resultado total mente opuesto, me agradaría conocerlo. 


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